lunes, 14 de enero de 2019

Manu en La Alcarria



Una mañana de verano de 1993, los jóvenes reporteros de La Troje ponemos rumbo al Tejar de la Mata, el refugio de Manu Leguineche en La Alcarria. Unos meses antes, el periodista vasco había acudido, como espectador, a un encuentro de poesía celebrado en Hita. Al término del recital, Gerardo, miembro del equipo de redacción de La Troje, le propuso una entrevista.

Esa mañana, Manu nos espera en su casa de piedra levantada junto a la carretera que sube zigzagueando desde Cañizar hasta Torija. Su refugio está escondido entre robles y encinas, como un nido de águila desde el que se atalaya la campiña. Cuando llegamos, nos recibe con amabilidad y una tímida sonrisa. Sus primeras palabras son para mostrarnos la felicidad que siente por haber encontrado este lugar. La casa no dispone de agua corriente ni de luz eléctrica, pero, para él, estos inconvenientes no tienen demasiada importancia.

En ese momento, Leguineche es ya un reportero veterano, testigo de los principales conflictos bélicos, desde la guerra de Vietnam hasta las guerras de los Balcanes. Su vocación le ha conducido a los cinco continentes. Ha dado varias vueltas a la Tierra; ha atravesado desiertos, montañas, océanos…

Después de hacernos un par de fotos, pasamos al salón. Es un espacio amplio con chimenea; en el centro aparece una gran mesa donde se apilan cientos de libros. Tomamos asiento y Gerardo pregunta: - “¿Qué hace un chico como tú en un lugar como este?”

- “Pues es donde quiero estar – responde Manu –. Hubo tiempos en los que pensé quedarme en América o en Asia. Siempre pensaba que tenía que buscarme un sitio en la selva, en el campo, en el monte y finalmente pude. Vi un anuncio en el periódico y era esta casa. No imaginé que iba a ser un sitio tan ideal. Estoy rodeado de árboles y aquí es donde, cuando llega el verano, me encierro a escribir.”

Nos habla, también, de la buena relación que mantiene con sus vecinos de Cañizar y con la alcaldesa. Nos cuenta la emoción que experimentó al escuchar, por primera vez, el canto del cuco en este paraje. Le preguntamos qué le sugiere la visión de nuestro Cerro desde su mirador y nos contesta: - “Sugiere eso que se ha dicho por ahí, que es algo como bíblico. Recuerda un grabado antiguo”.

El paisaje que vemos desde El Tejar de la Mata es profundo y sugerente; lleno de matices, colores y formas. En primer plano, el valle del río Badiel donde se levanta el cerro de Hita. Más allá, la campiña del Henares vigilada por los cerros de La Muela y El Colmillo. Al fondo, la sierra y el pico Ocejón acariciando el cielo con su cresta de pizarra. En el estío, los tres montes que dominan la campiña dorada recuerdan a las viejas pirámides del desierto. Las laderas pardas del páramo, cubiertas de olivares, se confunden con las lejanas y humildes tierras de Palestina. Un paisaje para soñar despierto, bañado por la cálida luz del atardecer.

Al finalizar la entrevista, Manu nos invita a visitar la plaza de Cañizar. Allí, se está celebrando un campeonato de mus que lleva su nombre. Encontramos una veintena de participantes, entre lugareños y periodistas amigos suyos. Juegan animadamente, a pesar del calor sofocante, sentados en un corro de mesas a la sombra de unos olmos. Echamos un vistazo y nos despedimos.

Años después, Leguineche, lector incansable, descubrió en La Troje un artículo que Gerardo había dedicado a la vida campesina; un valioso diccionario de palabras olvidadas, de utensilios, de construcciones, de faenas agrícolas, de fiestas y tradiciones. El periodista vasco pidió permiso para incluir un extracto en un libro suyo; un diario que empezó a escribir a su llegada al Tejar de la Mata y que se convirtió en La felicidad de la tierra (1999). En esta obra, recoge sus impresiones sobre el paisaje y el paisanaje de La Alcarria. Desgrana sus conversaciones con los hombres del campo. La taberna es el escenario donde se toman unos chatos de vino, donde se habla de lo humano y lo divino, donde se juega al mus… Se cuelan, también, los alegres recuerdos de sus escapadas gastronómicas y festivas, con los amigos, por los pueblos de la comarca. Manu nos muestra un mundo donde, todavía, se puede disfrutar de la hospitalidad de sus gentes, de la naturaleza y del silencio.

sábado, 13 de enero de 2018

Un caserón en ruinas y un palomar


Camilo José Cela no pasó por aquí cuando escribió su Viaje a la Alcarria, seguramente, porque no le dio la gana. Sin embargo, si incluyó en su libro un comentario sobre la fama que tenían los asnos de este pueblo. El refrán, muy conocido en otros tiempos, dice así: “Mujer de Fraguas y burro de Hita, ¡quita!...¡quita!” ¿Sería la fama merecida o injusta? Cuarenta años después, Cela decidió hacernos una visita. Acababa de escribir su Nuevo viaje a la Alcarria, tras recorrer la comarca durante el verano de 1985, montado en un Rolls Royce y con una choferesa negra. ¡Cosas de don Camilo! Sus excentricidades siempre estaban muy bien calculadas.

Confirma la visita al pueblo, Francisco García Marquina, poeta y biógrafo de Cela, en La vuelta de don Camilo, un artículo publicado en El País. El escritor gallego buscaba aposento en la Alcarria. Como tenía en gran estima al Arcipreste de Hita, poeta medieval al que atribuía la virtud del inconformismo, pasó a echar un vistazo a su antigua casa. Vio un patio invadido por la maleza; unos muros llenos de oscuras y vacías oquedades; un tejado deforme que mostraba sus huesos de madera. Se marchó decepcionado al contemplar aquel caserón abandonado, dejado de la mano de los hombres.

Cela siguió con su búsqueda y acabó alquilando un chalé en El Clavín, una urbanización al lado de la ciudad de Guadalajara. Al poco tiempo de estrenar domicilio, en 1989, recibió el Premio Nobel de Literatura. Estaba, por entonces, escribiendo una serie de artículos bajo el título: Desde el palomar de Hita. En su paseo por la villa del Arcipreste, había visto unas criaturas nerviosas que levantaban el vuelo desde el campanario hasta la empinada ladera del Cerro. Aquel monte era un palomar, un santuario para las aves mensajeras de la paz y de la guerra. Desde su cima, al igual que las palomas, observó en soledad al ser humano, caminando en un mundo lleno de ambiciones y frustraciones, protagonista de una tragicomedia en sesión continua.

Fuera del mundo literario, la torre de la iglesia de San Juan es el verdadero palomar de Hita. Un palomar de recios sillares de piedra caliza. Por aquellos años, había tantas palomas que la escalera de la torre se había transformado en una rampa. Kilos y kilos de excrementos cubrían los escalones. Durante la procesión de la Virgen de la Cuesta, los chavales aprovechaban para colarse en la torre, acompañando al monaguillo. Subían hasta el campanario esquivando los nidos de los pichones, plantados por todas partes. Siempre, algún pájaro acababa pisoteado. Arriba, mientras el monaguillo tocaba el badajo de la campana de bronce, los chavales se fumaban tranquilamente un cigarro a escondidas de sus padres. Antes de que sonara la campana, las palomas habían huido asustadas por las explosiones de los cohetes que lanzaba el alguacil, caminando siempre a la cabeza de la procesión.

martes, 24 de octubre de 2017

El "bodego" del Alemán


Desconozco las circunstancias que condujeron a Volkhart Müller, a principios de los años ochenta, desde Madrid hasta Hita. Lo cierto es que adquirió un bodego y, para sorpresa de todos, lo transformó en su alojamiento de fin de semana.

En aquellos años, a los nativos nos parecía una excentricidad habitar en una casa-cueva. Era cosa del pasado, de tiempos de miseria. Hoy, sin embargo, los bodegos, de origen medieval, se han convertido en un atractivo turístico. La caverna fue el primer abrigo del homo sapiens; el recuerdo del cálido útero materno; un espacio protector en las entrañas del légamo, la tierra arcillosa del cerro. Antes que Volkhart, al que todos conocíamos como el Alemán, vivieron en estas cuevas los milicianos durante la Guerra Civil española. Las utilizaron como refugio frente a los obuses y los fríos invernales. Después, en la posguerra, fueron ocupadas de nuevo por las familias cuyas casas habían sido destruidas.

En el pueblo, pocos sabían que Volkhart era periodista, además de fotógrafo. Trabajaba como corresponsal para el semanario Der Spiegel. Vivió de cerca los últimos años de la dictadura, la transición y los primeros años de la democracia en nuestro País. Su colección de imágenes de este periodo, más de 30.000 negativos, fue donada a la agencia EFE. Recuerdo su figura esbelta, su mirada curiosa, su sencillez. Siempre con la cámara al hombro, paseando por las calles y fotografiando a los parroquianos, la vida cotidiana, las fiestas…Tenía la costumbre de regalar copias a los protagonistas de sus instantáneas. Al tío Vicente le retrató delante de una corraliza, cuando regresaba de comprar unas barras de pan.

Desde entonces hasta hoy, el pueblo ha sufrido una metamorfosis, un cambio profundo. Donde había caminos polvorientos, ahora encontramos calles perfectamente pavimentadas. Donde se escuchaban las voces de los niños, ahora reina el silencio de los ancianos.

Manu Leguineche se entristeció al descubrir, ya tarde, que Volkhard había sido, prácticamente, su vecino. Pocos kilómetros separan la antigua casa del periodista vasco del bodego donde vivió el Alemán. Manu le definió como un gran admirador de la cultura española. “Uno de los tipos que yo quería de verdad”. Esas fueron sus palabras. Volkhard Müller falleció en la antigua República Federal de Alemania en 1987. Se cumplió su último deseo de ser enterrado en España. Sus cenizas descansan en el cementerio de Hita.